Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears.
Salí a fuera a acariciarlo. Se llamaba Sírius y era un Rottwailer. Hacia las otras personas era muy agresivo, pero conmigo y la señora Shears era un encanto. Pero esa noche algo pasaba... la mirada de Sírius era como el más puro veneno.
Me miró fijamente duarnte un buen rato, y todos mis miedos aparecieron en carne y hueso. Mi difunta madre, payasos, la niña del exorcista, Frankenstein...
De repente, el perro aulló, dejando un olor a sangre esparcida por el aire, y con otro aullido de dolor, desapareció.
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